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EL EGO… ANTITESIS DE LAS UTOPÍAS DE LA IGUALDAD SOCIAL

EL EGO… ANTITESIS DE LAS UTOPÍAS DE LA IGUALDAD SOCIAL

Por: JAIME MAURICIO GAITÁN GÓMEZ

Colombia ha sido un país en el que sus pobladores, hemos querido siempre sobresalir con el pleno convencimiento que tan solo se alcanzan éxitos, a través del esfuerzo individual, principio que se ha constituido en la plataforma de nuestra crianza desde el seno de nuestros hogares, principio arraigado en la cultura ancestral originada en la historia pletórica de injusticias, acuñada en la desproporcionada convicción que unos son los privilegiados y los demás, se deben a los primeros. Dicha condición nacional, ya suficientemente analizada y diagnosticada, deja claramente expuesta nuestra manera de obrar tanto en los espacios privados como en los comunitarios, siempre privilegiando los intereses particulares y sin tener los más mínimos escrúpulos para alcanzarlos, sin pensar que para ello, de ser necesario, se tenga que pasar por encima de los derechos de quienes nos rodean, sin importar que incluso, se trate de familiares o allegados por los que se tenga alguna estimación, sentimiento que regularmente, desplazamos a un segundo plano cuando algún objetivo económico, social, político o que signifique de alguna manera, poder, se nos fija en la mente.

Esta condición propia que caracteriza el gentilicio colombiano, no es exclusiva de alguna de nuestras desiguales clases sociales y en la medida de los objetivos determinados por las imposiciones socioeconómicas de cada una de ellas, el respectivo ego se manifiesta en cada uno de quienes hacemos parte de esta injusta sociedad criolla, acomplejada y queriendo parecerse a otras que allende nuestras fronteras, han podido alcanzar logros sociales comunes, los que no se parecen en nada a nuestros logros como sociedad y queriendo vivir vidas como las que se nos han sido vendidas por los medios masivos, vehículos de transferencias culturales perversamente distribuidas para someternos a los mercados de productos y servicios superfluos, generándonos la necesidad de consumir cosas inútiles para que tengamos la sensación de similitud de condiciones de vida de quienes conforman las sociedades de donde provienen dichas transculturizaciones y de esa manera, seguir siendo los receptores de toda esa basura que implica para los primeros, más acopio de capitales y mejor calidad de vida y para nosotros, más angustias y mayores motivaciones para hacer crecer más nuestros egos nacidos de nuestras vivencias históricas.

En ese orden de ideas, quienes conforman nuestras clases socioeconómicas privilegiadas, no contentos con el poder ejercido sobre el resto de nosotros, están a la caza de las oportunidades que les signifique más dinero y poder, desarrollando todo tipo de argucias y práctica de conductas delincuenciales que tan solo en las últimas épocas, hemos podido conocer en virtud del uso, o en ocasiones, mal uso de las redes sociales, o, porque se ven enfrentados en el marco de la consecución de tales objetivos socioeconómicos o de poder que los enfrenta y con el deslegitimado motivo de sacar de competencia al contrincante, revelándose conductas que solo son conocidas entre ellos al interior de esas “distinguidas” élites privilegiadas. Tan solo se puede conocer este tipo de conductas cuando por gracia de las deslealtades y la competición entre pares socioeconómicos que cuando ven la oportunidad de acceder a más poder o a más acopio de dineros, muchas veces de manera fraudulenta, o, ven en riesgo sus propios intereses, tan solo en esas ocasiones, son capaces de denunciar o señalar a esos pares, porque están detrás de alguno de sus intereses propios, haciéndole creer a los incautos, que se trata de denuncias enmarcadas en falsas jornadas de justicia. Tal es el caso de muchos de quienes han usufructuado de manera abusiva, las posiciones de liderazgo político o social, exclusivo círculo en el que se han destacado personas que se han querido perpetuar en el poder impulsando cambios constitucionales, porque se han vendido como los mecías, únicos capaces de derrotar a los infames narco terroristas a quienes ha odiado por haber sido los verdugos de algún ancestro de turbio pasado; círculo representado por ilustres miembros de familias distinguidas de rancio abolengo, que ganara la presidencia con dineros provenientes de las mafias del narcotráfico y que gracias a su manejo de múltiples argucias legalistas, depositó en otro ilustre miembro de la sociedad, hijo de un destacado representante de las artes, toda la culpabilidad de uno de sus más notorios actos de corrupción; círculo del que hacen parte importantes empresarios quienes no han podido desentenderse de los innumerables escándalos que gracias a los medios que tenían el monopolio de la información y de las noticias y que tan solo con el uso de las redes sociales, se pudo saber que eran alguno de los eslabones de la interminable cadena de actos corruptos con los que no quieren perder sus privilegios económicos y de poder; círculo conformado por personajillos que buscan hacer parte de los textos de historia exhibiendo reconocimientos mundiales a los que les han dado toda la atención para que ni los medios regalados al estamento ni quienes nutren a las redes sociales, puedan darse cuenta de los intereses que a favor de las organizaciones multinacionales, ellos o sus familiares, defienden y así, todo tipo de “distinguidos” miembros de nuestra alta clase social, quienes incluso, de manera soterrada, han sido los impulsadores de asesinatos, desfalcos y todo tipo de prebendas a favor de ellos mismos o de sus pares socio económicos y políticos.

Por otro lado, la situación no es muy distinta en los sectores que conforman los niveles sociales más deprimidos, en los que las rapiñas se enfocan en pequeños montos, en objetos insignificantes, en el dominio de ciertas barriadas, etc., en síntesis, en el hecho que algunos personajillos que a la postre, resultan letales por su capacidad de despreciar la vida del prójimo si ello le representara unos pesos o ser reconocido como quien es capaz de dominar a otros en medios hostiles y golpeados por la miseria como las barriadas populares, muchas de ellas levantadas de manera marginal, informal y ocupando terrenos impropios, faltos de servicios sanitarios, vías públicas, instituciones escolares o de salud. En todo caso, lo que es prevalente en todas nuestras clases sociales, es el egoísmo propio de quienes hacemos parte de esta cultura, la que es descarnada a la hora de discriminar, ser intolerante, desleal y absolutamente indiferente con el dolor ajeno.

Por esta razón, cuando se trata de establecer el rol de la población con discapacidad y cómo ella es percibida en nuestra sociedad, siendo yo parte de la misma como consecuencia de mi ceguera originada en el glaucoma congénito que fue contundente a la hora de reclamar mi capacidad de ver, puedo ratificar que el egoísmo reinante en Colombia, nos deja a los más vulnerables, al margen de los beneficios otorgados por el infame capitalismo que lo alimenta.

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