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Sinfonías de Vida

SINFONÍAS DE VIDA

Por: Julieth Andrea Vargas Peña, José David Junco    

Estudiantes de la Escuela de Artes y Letras Corporación Universitaria

"La música puede salvar a muchas personas, así como me salvó a mi" menciona Fabián Leonardo Peñuela Rey, un músico de más de 20 años de experiencia, que por azares del destino encontró en la música una respuesta a todo lo que no tenía sentido en su vida, ahora se dedica a dirigir el Centro Orquestal de Teusaquillo un lugar en donde jóvenes entre los 5 y 17 años reciben clases musicales de manera gratuita. Ha fundado orquestas en Mosquera, Madrid, Santander, Amazonas y Meta, también trabajó en proyectos sociales como Construyendo Paz y Entre Tejido Social que básicamente buscaban la integración y convivencia entre padres de grupos paramilitares y de las Farc, a través de los conciertos orquestales de sus hijos; por último y más recientemente estuvo en el montaje orquestal del papa en Villavicencio.

A pesar de esto, el camino que recorrió para llegar a ser el gran músico que es hoy en día, estuvo lleno de increíbles anécdotas e inmensos obstáculos. Todo comenzó cuando después de prestar el servicio militar, a sus 19 años, se encontraba viviendo únicamente con su madre, debido a que su padre los abandonó cuando era niño; no tenía ninguna aspiración ni meta definida, el trabajo de docente de su madre apenas podía mantenerlos. Por ello su vida consistía en levantarse temprano y dirigirse al trabajo como constructor, en el que era ayudante del maestro, hasta que un día sufrió un desafortunado accidente, atravesó su pie con un gran clavo que como resultado de su alergia al metal, le produjo una grave herida y además le generó tétano. Por consiguiente debió asistir diariamente al puesto de salud de su municipio en Funza para recibir la curación respectiva. En su recorrido diario descubrió la Casa de la Cultura, un lugar de donde se emitía un agradable sonido que atrajo la atención de Fabián, ese agradable sonido se convirtió en la principal razón de su admiración por la música; fue entonces cuando decidió intentar entrar a la agrupación, sin embargo su edad excedía el límite establecido; aun así esto no lo detuvo, tal fue su insistencia que se le dio la oportunidad con un instrumento que nadie sabía tocar, la flauta, el pequeño instrumento se encontraba en un rincón del salón, él lo tomó junto a un libro de instrucciones y empezó a practicar, Laurencio Organista un niño de 12 años le enseñó a leer partituras. Desde ese momento asistió al Centro Cultural, dedicaba 5 o 6 horas diarias aproximadamente, aprendía lo que le fascinaba e igualmente, como forma de retribución, teniendo en cuenta que era el mayor y poseía una voz de mando, ayudaba a manejar la disciplina de los niños y organizar los diferentes grupos.

Al año ya interpretaba decentemente la flauta y su deseo por conocer más sobre la música lo llevo a presentarse a la Universidad Distrital; aunque no lo admitieron, él ya estaba decidido, eso era lo suyo. Un año y medio después de mucha práctica, cuando ya tenía alrededor de 21 años, volvió a intentarlo y finalmente, gracias al Bolero Patasdilo de Carlos Vieco Ortiz, logró entrar, dentro del grupo de noventa personas de las novecientas que se presentaron, pagando $324.000 semestrales. Desafortunadamente cuando se dirigía a cancelar su primer semestre lo asaltaron. A causa de sus pocas posibilidades económicas, su última opción fue vender su flauta traversa y tomar un saxofón que encontró en la bodega de instrumentos de la universidad (pues lamentablemente no habían flautas y afortunadamente éste tiene digitaciones similares), entrar a una clase y hacer como si ese fuera el instrumento con el que se había presentado en la audición; los profesores no tardaron en notarlo pero él lo negó completamente, por suerte la facilidad que tenía con ese instrumento le dio más credibilidad. A partir de ese momento, todos los días se trasladó desde Funza a la universidad, tomaba sus clases en la mañana y en consecuencia de que su madre no lo apoyaba emocional, ni monetariamente, dedicaba su tiempo libre a trabajar en carpintería, bricolaje y ornamentación, para así poder costear sus gastos y completar lo del semestre.

Siempre, necesitó de mucho esfuerzo y él se reprochaba por eso, notaba que le costaba mucho más que a sus compañeros; a pesar de que se esforzaba no rendía de la misma forma, incluso habían momentos en los que era tal su frustración al llegar a casa, que no podía retener las lágrimas, sin embargo al día siguiente se levantaba enfocado y con el mejor ánimo, hasta que en cuarto semestre después de notar que tan solo quedaban 8 personas en su programa, le comentó a uno de sus profesores la situación y éste le contesto: “se han ido los que se tienen que ir” y él con un tono de sorpresa respondió: “pero maestro se han ido de los mejores”, el docente, de nuevo con un tono tranquilo le dijo: “seguramente tenían otras prioridades, en cambio si usted se fuera me sorprendería, se nota que es constante, se esfuerza por mejorar y eso es de admirar”, esas palabras repercutieron en su cabeza y sirvieron como impulso para el resto de su carrera, su confianza se elevó y pudo llegar al nivel de sus compañeros. Cinco años después se graduó con su tesis “Como crear orquestas infantiles y juveniles dentro del sistema de cultura de los municipios”. De hecho, en ese momento no solo finalizó un propósito en su vida, sino que también, a raíz de los proyectos de sus compañeros pudo descubrir su interés por dirigir, en ese orden de ideas se le ocurrió crear la banda de la Universidad Distrital que guio por mucho tiempo y actualmente es reconocida a nivel Distrital.

Obtuvo su primer trabajo en su municipio enseñando en la banda sinfónica flauta y gramática, simultáneamente participó y ganó un concurso de Batuta para dirigir conjuntos, con el apoyo de éste, fundó la orquesta de Funza, como se señaló, posteriormente creó y manejó las orquestas que se mencionaron inicialmente. En pocas palabras su trabajo siempre se ha enfocado en niños y jóvenes, pues cree que en ellos está el que hacer, no juzgan, no ofenden, son libros abiertos a nuevos conocimientos, escuchan y lo hacen muy bien, de aquí que la música sea la mejor forma de orientarlos hacia el futuro. A sus 40 años, no se arrepiente del camino que tomó y espera llegar a más individuos con el poder transformador de la música porque sin duda ésta le hizo perder el miedo, le permitió trabajar en sí mismo, en su tranquilidad mental, lo convirtió en su mayor proyecto.

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